Las Ciudades Invisibles

-¿Has visto alguna vez una ciudad que se parezca a ésta? – preguntaba Kublai a Marco Polo asomando la mano ensortijada por el baldaquín de seda del bucentauro imperial, para señalar los puentes que se arquean sobre los canales, los palacios principescos cuyos umbrales de mármol se sumergen en el agua, el ir y venir de las embarcaciones livianas que dan vueltas en zigzag impulsadas por largos remos, las gabarras que descargan cestas de hortalizas en las plazas de los mercados, los balcones, las glorietas, las cúpulas, los campanarios, los jardines de las islas que verdean en el gris de la laguna.

El emperador, acompañado por su dignatario extranjero, visitaba Quinsai, antigua capital de depuestas dinastías, última perla engarzada en la corona del Gran Kan.

-No, sire- respondió Marco -, nunca hubiese imaginado que pudiera existir una ciudad semejante a ésta.

El emperador quiso indagar en sus ojos. El extranjero bajó la mirada. Kublai permaneció silencioso todo el día.

Después del crepúsculo, en las terrazas del palacio real, Marco Polo exponía al soberano los resultados de sus misiones. Habitualmente el Gran Kan terminaba las noches saboreando con los ojos entrecerrados estos relatos hasta que su primer bostezo daba al séquito de pajes la señal de encender las antorchas para guiar al soberano hasta el Pabellón del Augusto Sueño. Pero esta vez Kublai no parecía dispuesto a ceder a la fatiga.

-Dime una ciudad más –insistía.

-…Desde allí parte el hombre y cabalga tres jornadas entre gregal y levante… -seguía diciendo Marco, y enumeraba nombres y costumbres y comercios de gran número de tierras. Su repertorio podía considerarse inagotable, pero esta vez le tocó a él rendirse. Era el alba cuando dijo-: Sire, ya te he hablado de todas las ciudades que conozco.

-Queda una de la que no hablas jamás.

Marco Polo inclinó la cabeza.

-Venecia –dijo el Kan.

Marco sonrió.

-¿Y de qué crees que te hablaba?

El emperador no pestañeó.

-Sin embargo, nunca te he oído pronunciar su nombre.

Y Polo:

-Cada vez que describo una ciudad digo algo de Venecia.

-Cuando te pregunto por otras ciudades, quiero oírte hablar de ellas. Y de Venecia cuando te pregunto por Venecia.

-Para distinguir las cualidades de las otras he de partir de una primera ciudad que permanece implícita. Para mí es Venecia.

-Entonces deberías empezar cada relato de tus viajes por el lugar de partida, describiendo Venecia tal como es, toda entera, sin omitir nada de lo que recuerdas de ella.

El agua del lago se encrespaba apenas; el reflejo cobrizo del antiguo palacio de los Sung se desmenuzaba en reverberaciones centelleantes como hojas que flotan.

-Las imágenes de la memoria, una vez fijadas por las palabras, se borran –dijo Polo-. Quizás tengo miedo de perder Venecia de una vez por todas si hablo de ella. O quizás, hablando de otras ciudades, la he ido perdiendo poco a poco.

Las ciudades invisibles, Italo Calvino

Esta entrada fue publicada en Fugas y Secuencias, Libros, Retazos. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s